Colombia, Armenia, Q.

 

LA IMPORTANCIA DE NO DEJAR QUE DESAPAREZCAN Y SEGUIR LLAMÁNDOLAS NIÑAS. MÁS ALLÁ DEL LENGUAJE, UN ASUNTO POLÍTICO E HISTÓRICO NO MENOR

Por: Karina SZ

El actual debate en el que se ha visto inmerso nuestro país desde la llegada al poder (de forma ilegal e ilegítima) de un gobierno de corte de derecha radical y fascista, ha tocado también la existencia de las niñas colombianas y amenaza con violentar desde su igualdad existencial hasta su posibilidad real y concreta de gozar plenamente del libre desarrollo de la personalidad, de todos sus derechos ya adquiridos y reconocidos constitucionalmente y de la correcta protección del Estado siempre que sea necesario.

Cuando desde el movimiento de mujeres y feminista internacional decimos “lo que no se nombra no existe”, no estamos apelando meramente a una cuestión del lenguaje o de forma y mucho menos a un capricho o a una moda sin sentido. Desde el feminismo histórico y político, poder desenmascarar que este pretendido debate sobre decir o no NIÑAS, es apenas la cabeza del Iceberg, que en realidad abarca, no solamente el negacionismo de las casusas de las luchas de las mujeres a lo largo de la historia, la legitimación de todas las formas de violencias en su contra y su posterior sometimiento, sino que, parte de un complejo proceso de fascistización que se está dando en todo el mundo y recrudecido en la región latinoamericana con la injerencia absoluta de la agenda yanqui/sionista, con todo lo que esto implica y que no responde a miedos infundados, sino, a lo que ya hemos visto que este contubernio genocida viene llevando a cabo a los ojos de todo el mundo en La franja de gaza contra el pueblo palestino, pero muy específicamente también contra las mujeres y las NIÑAS, cuyos cuerpos y humanidad sistemáticamente torturados y vejados sexualmente, son usados como botín de guerra.

En esta guerra, como en todos los conflictos bélicos y genocidios registrados, nuestros cuerpos han sido usados como botín de guerra, para torturarnos y reafirmar que somos meros objetos desechables frente a los hombres, pero también como una forma de humillar al adversario. Como una estrategia para destruir el tejido social cuyo sustento y reconstrucción generalmente recae en las mujeres, quienes sostienen la vida y los cuidados de todas las personas y comunidades que de ellas dependen. Proscribir el uso específico de la palabra NIÑAS, nos llevaría, por ejemplo, a desconocer y ocultar estas violencias específicas que esos seres humanos nacidas NIÑAS, luego sujetas históricas y políticas convertidas en MUJERES viven y padecen, sin que pudiéramos hacer nada porque al no mencionarlas y no reconocerlas las estaríamos ocultando.

Ningún genocidio ha iniciado directamente con acciones bélicas de eliminación física del enemigo. Lo que se ejecuta antes es la puesta en marcha de lo que ahora llaman batalla cultural, que no es otra cosa que un proceso de ingeniería social para la bestialización absoluta de la población mundial, anestesiándola frente a los peores horrores, dosificándolos a través de productos de algoritmos de 30 segundos, que, pasado este tiempo, ya nadie recuerda, ya nadie conecta, ni logra provocar la indignación suficiente para identificar a los responsables y detenerlos. En este proceso de bestialización el lenguaje es el medio material y simbólico a través del cual se constituye la ideología dominante y es por eso que para los sectores más ultraconsevadores, odiadores y genocidas, magnates que dominan el mundo y quieren devorarlo, crear supuestos enemigos a partir del uso o la negación de ciertas palabras o sujetos (negro violador, comunismo, aborto, ideología de género, migrantes), distorsionar su identidad e historia llamándolos de otra manera hasta deshumanizarlos (como en el holocausto nazi que en vez de personas se hablaba del problema judío, les quitaban sus nombres y los marcaban con códigos numéricos tatuados en sus cuerpos o simplemente desaparecerlos del lenguaje como quieren hacer ahora con las mujeres y con las NIÑAS, no es un problema menor. Es la antesala de toda clase de horrores que debemos prevenir si no queremos que las NIÑAS sufran nuevas y peores atrocidades a los ojos de todo el mundo.

Varios aspectos a considerar si queremos dimensionar la importancia de esta nueva arremetida misógina y patriarcal en el contexto colombiano:

1. NO PODEMOS RETROCEDER EN LUCHAS Y DERECHOS YA GANADOS. Desde la filosofía feminista del lenguaje, la feminización del lenguaje que posibilitó que dejara de considerarse al sujeto masculino “hombre” como el universal genérico que incluía a las mujeres, es un proceso que da cuenta no solo de las opresiones sino de la intención clara del sistema patriarcal de borrarnos de la historia universal, de callar nuestras voces y de robar nuestros aportes a la construcción del mundo, de la humanidad. Esto llevó a que, por mucho tiempo las mujeres literatas, artistas o científicas fueran invisibilizadas y sus aportes atribuidos a hombres (Es el caso de Mary Shelley quien publicó su novela Frankenstein de forma anónima en 1818 debido a los prejuicios sociales del siglo XIX que restaban credibilidad e impedían que las mujeres firmaran obras literarias de esa magnitud. O como en el caso de Jane Austen, quien publicaba sus novelas de forma anónima, firmando simplemente como «por una dama». O en el caso de la científica Marie Curie a quien, aunque logró ganar dos Premios Nobel, inicialmente el Comité del Nobel de 1903 iba a excluirla del premio de Física para otorgárselo sólo a su esposo Pierre Curie y a Henri Becquerel a quienes atribuían sus descubrimientos. Solo por mencionar algunos de los casos más conocidos entre muchos más). Esta invisibilización, silenciamiento y negación de las mujeres y de sus formas de entender, hacer y de construir el mundo también implicaba asimilarnos como parte de esas estructuras patriarcales, coloniales, expoliadoras, ecocidas, guerreristas y esclavistas, lo que daba por entendido que las mujeres éramos parte de las guerras y otras atrocidades creadas por los hombres en el sistema patriarcal cuando nunca ha sido así. Contra todas estas nos hemos manifestado y las hemos denunciado desde que fuimos consolidando los movimientos de mujeres latinoamericanos anticoloniales y los posteriores movimientos feministas transnacionales. “No parimos hijos para la guerra”, “Patriarcado y capital, alianza criminal”, “Ni guerra que nos destruya ni paz que nos oprima”, “Niñas no madres” y “Nos queremos vivas”, han sido algunas de las consignas con las que los movimientos de mujeres hemos marcado distancia de las lógicas patriarcales que destruyen la naturaleza, explotan nuestros cuerpos y generan guerras. Nuestra lucha ha sido, es y será por la vida siempre y esto, por supuesto que incluye a las NIÑAS pues somos conscientes que entre a más temprana edad las NIÑAS tengan conciencia de su valía, de su grandeza, de sus derechos y de quiénes son los responsables de garantizarlos, mayores posibilidades tendrán de gozar de sus derechos fundamentales y humanos.

En Colombia, la expresión formal "niños y NIÑAS" se consolidó e incorporó de manera masiva en las leyes y el lenguaje institucional a partir de la expedición de la Ley 1098 de 2006 o Código de Infancia y Adolescencia, y que recoge recomendaciones y antecedentes importantes como la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, en la que se cambió no solo la forma de nombrar a la infancia o niñez, sino que, se incorporó la perspectiva jurídica de que niños y NIÑAS son sujetos de derechos, su protección debe ser el interés superior del que son corresponsables familia, sociedad y Estado, además de, visibilizar que las NIÑAS y las adolescentes sufren vulneraciones y violencias de género diferenciadas, por lo que se requiere de políticas públicas específicas para su protección.

La feminización del lenguaje, por lo tanto, no es una mera cuestión de escritura. Lo que en ello radica es una conciencia política profunda de lo que significa nacer, ser, existir y vivir como NIÑAS en un mundo patriarcal. Esta feminización del lenguaje es, además, una herramienta que desde la producción de sentido que implica el lenguaje permite nombrar, historizar y contextualizar a partir de los hechos y problemas reales de las mujeres y las NIÑAS, que el inicio de la solución de estos pasa por reconocer en el lenguaje la existencia específica de ese sujeto que no puede seguir siendo silenciado sin que ello implique también la violación de todos sus derechos y la negación de la posibilidad de su igualdad existencial,  material y concreta a lo largo de su ciclo de vida.

Ningún hecho lingüístico es neutral y cada uno de estos deberá ir acompañado de cambios reales, materiales y concretos en la cotidianidad de hombres y de mujeres si lo que se busca es la inclusión y el respeto a la dignidad humana. Llevamos casi 20 años de haber llevado a cabo el desdoblamiento discursivo que permitió una mayor inclusión frente al lenguaje sexista, por ejemplo, con la feminización de cargos y profesiones. Que el registro civil de nacimiento especifique cuándo nace un niño y cuándo una niña es importante, que un diploma de estudios superiores pueda decir hoy que hay mujeres HISTORIADORAS y no solo historiadores es importante, o que una mujer que participa activamente en la vida política de un país pueda ser llamada ALCALDESA y no alcalde, o PRESIDENTA no presidente es importante; enunciarlas de manera explícita no son hechos menores o irrelevantes en la producción de sentido de nuestra realidad. Para las NIÑAS, por ejemplo, tener estos referentes dentro de su universo psíquico a partir de observar cómo se enuncian, poder nombrarlas, sentirse representadas, hallar protección o cuidado cuando se las menciona de manera explícita, son acciones del lenguaje claro, pero lo trascienden y generan nuevas interpretaciones, nuevas experiencias y expectativas, pues estas son representaciones positivas que de manera clara las empodera y les posibilita simbólicamente la comprensión del valor de su existencia y la resignificación de su propia historia personal.

Pretender que cuando decimos hombres o niños, incluimos a esa otra parte de la humanidad que ya somos más del 50% no es un simple hecho de ignorancia, es también un acto de perversidad y misoginia que nos expone al riesgo brutal de devolver a las NIÑAS y a las mujeres a las épocas más oscuras del colonialismo, el racismo, el adultocentrismo, donde su nacimiento era considerado un error, donde su palabra no valía, donde sus cuerpos  eran explotados y abusados y sus proyectos de vida truncados por completo sin que nadie lo cuestionara o protestara por ello.

2. SI SE NIEGA NUESTRA EXISTENCIA COMO NIÑAS SE NEGARÁ NUESTRA EXISTENCIA COMO MUJERES. Poder enunciarnos como mujeres y NIÑAS, fuera del genérico universal masculino hace parte de una reivindicación histórica colosal y necesaria para la transformación de nuestras vidas. Dentro del sistema patriarcal que es casi universal, a las mujeres y a las NIÑAS se nos ha negado desde nuestra humanidad, hasta nuestra dignidad y derechos (Quienes digan que esto es una exageración lean las siguientes citas de los padres del pensamiento occidental: "La mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido, aunque agradable y gracioso". Erasmo de Rotterdam/ "La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades". Aristóteles. Y podríamos seguir con frases de Hegel, Schopenhauer, Freud y para sorpresa de nadie, también de otros machos contemporáneos como Trump, Milei, entre otros). Ni con todas las convenciones internacionales para el reconocimiento y la protección de los Derechos Humanos de las mujeres, ni con todas las leyes nacionales creadas para luchar contra la violencia de género, se ha logrado desterrar la misoginia de nuestras sociedades y por eso, nombrarnos desde NIÑAS, en femenino, como mujeres jóvenes y adolescentes, hasta mujeres adultas o ancianas es de trascendental importancia para nuestras vidas.

Bajo la consideración de que éramos subhumanas, brutas, menores de edad, locas, brujas, histéricas, entre muchas otras, a las mujeres se les han negado todos los derechos, muchos de los cuales recién logramos conquistar entrada ya la mitad del Siglo XX. Estudiar, trabajar, votar o ser elegidas en cargos políticos, divorciarnos, decidir ser o no madres, usar pantalones, hablar en público, mostrar nuestro rostro o cabello, son derechos de los que lastimosamente aún no gozamos todas, de ahí la vigencia absoluta de las luchas de las mujeres y las NIÑAS en todo el mundo. De poder mencionarlas, de poder denunciarlas y seguir luchando por ellas, por todas.

Todavía hoy, en pleno siglo XXI en el mundo existen violencias atroces contra las NIÑAS. Todavía aplastan sus senos y les mutilan sus genitales, todavía las someten a matrimonios forzados, todavía las obligan a quedarse sin estudiar para trabajar dentro o fuera de los hogares, todavía son las más acosadas y violadas dentro de las familias, todavía hay niñas consideradas una maldición y eliminadas en abortos selectivos. Todavía hay quienes consideran que las NIÑA son brutas para los números y las ciencias y las educan para ser adornos. Todavía hay quien convierte su inocencia en producto de consumo y promueve su hipersexualización y consecuente pederastia como parte del goce masculino al estilo Epstein, sin que pase nada. Todavía las niñas son sacadas de los vientres de sus madres para ser vendidas o vender sus órganos en el mercado negro de la trata de personas. Todavía las NIÑAS son educadas casi en todas las familias, bajo el miedo a ser violadas, por eso no pueden ir a casas de amigos, por eso no pueden ir solas de camino a la escuela ni ir tranquilas a estudiar o a la iglesia donde las esperan los depredadores sexuales de NIÑAS. Todavía millones de niñas viven bajo la opresión religiosa, bajo el temor de las violaciones correctivas si desacatan el mandato de heteropatriarcal y aman a otras niñas, todavía viven muchas niñas bajo el temor de sufrir crímenes de honor si no llegan vírgenes al matrimonio, de ser consideradas impuras o sucias por su periodo menstrual. De manera casi universal las niñas siguen viviendo bajo estas opresiones patriarcales muchas de las cuales han sido convertidas en grandes negocios por el capital. Por ejemplo, actualmente, el negocio de la trata infantil (que incluye la explotación de menores) genera un movimiento estimado de 23.500 millones de euros al año, posicionándose como una de las actividades ilícitas más lucrativas del mundo. Dentro de este entramado de explotación, las NIÑAS sufren un impacto desproporcionadamente mayor y alarmante: el 60% de las niñas víctimas de trata son destinadas específicamente a la explotación sexual, según datos oficiales de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

Es por la persistencia de todas estas formas de violencias específicas que padecen las NIÑAS, por la deuda que tenemos con ellas y con todas las mujeres jóvenes, adultas, ancianas que también fueron niñas invisibilizadas y silenciadas, de garantizarles una existencia plena en un mundo justo y amable, cuidador, protector y liberador, por lo que frente a esta arremetida fascista y misógina tenemos que preguntarnos:

Si ni siquiera al nombrarlas hemos logrado transformar por completo el mundo que las rodea, que las violenta y las elimina, ¿qué les espera a las niñas si dejamos de mencionarlas y dar cuenta de su existencia?

Si no podemos nombrar estas violencias específicas, ¿Qué puede pasarles a las niñas de aquí en adelante?

¿Vamos a dejar a nuestras hijas, primas, sobrinas, estudiantes y demás NIÑAS que nos rodean, a su suerte en un mundo misógino, pederasta, explotador sexual y esclavista que quiere borrarlas y dejarlas sin derechos?

¿A quién le hace daño que digamos niños y NIÑAS? ¿A quién le coge la tarde, le explotan los nervios y le duelen los odios al leer la palabra NIÑAS en un documento o al escuchar que las mencionan en un discurso?

¿Quién se ve perjudicado en su existencia o derechos cuando las nombramos específicamente a las NIÑAS en documentos oficiales, en sus hogares, en sus escuelas o en las calles?

¿Quién se beneficia del borrado de las niñas en este momento preciso en el que el país enfrenta la deriva trágica de convertirse en protectorado de los yanquis/sionistas que las matan y las violan y las venden como ya lo hemos visto en La franja de gaza y en otros lugares del mundo?

¿Por qué iniciar un mandato gubernamental con una agenda que atropella a las NIÑAS que son las más vulnerables y necesitadas de nuestros cuidados en todas las sociedades?

¿Qué le aporta a un país que intenta superar un terremoto que quieran desaparecer a las niñas de nuestro lenguaje? ¿Si no mencionamos, por ejemplo, las necesidades específicas de las NIÑAS en medio de la catástrofe, en los albergues, en la reconstrucción de sus viviendas, barrios y escuelas, cómo podremos garantizarles protección a sus necesidades específicas?

En este difícil momento que vive hoy Colombia y que más allá del terremoto seguramente se perpetuará por los próximos cuatro años debido a la llegada al poder de una derecha radical y fascista sujeta a las exigencias de los yanquis/sionistas, es cuando más se requieren de esfuerzos, trabajo y políticas públicas encaminadas a priorizar la protección de los grupos más vulnerables y de los cuales hacen parte las NIÑAS y las mujeres, reconocidas por el Estado colombiano como sujetos de especial protección. No es coherente con un Estado moderno, un Estado Social y de Derecho, que este gobierno haya empezado queriendo desaparecer a sus NIÑAS del lenguaje, del imaginario y por tanto, borrando su responsabilidad como garante de derechos. Las NIÑAS nos necesitan y la sociedad decente que de verdad pretenda su protección y priorización deberá empezar por nombrarlas, insistir en que su reconocimiento a partir del lenguaje explícito tanto escrito como verbal, es fundamental y si quienes gobiernan no lo entienden o no lo quieren entender, incurriendo además en actuaciones inconstitucionales e ilegales de misoginia estructural e institucional, tendremos que acudir a las calles para gritar que las NIÑAS importan, que las NIÑAS existen y que las NIÑAS se respetan.

Imagen tomada de: CARIBE AFIRMATIVO

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